Dermatología Solidaria

Malawi, donde la dermatología cobra otras dimensiones

Ángeles López
Periodista
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Martes 16 de Enero del 2018

Todo empezó hace tres años en Madrid, en su consulta médica. A Cristina Galván, una paciente le habló de un lugar en Malawi, Benga, que había visitado para ayudar en la construcción de escuelas. “Me dijo que había visto muchas personas con problemas muy llamativos en la piel. Pensaba que la atención de un dermatólogo podía servir de ayuda y decidí irme”, recuerda esta dermatóloga que el pasado año recibió el premio al proyecto solidario de la Academia Española de Dermatología y Venereología y la Fundación Piel Sana financiado por Laboratorios Viñas.

Galván reconoce que el primer año fue un poco aventura. “Fui yo sola con esta paciente –la que me había hablado de este lugar-- y llevaba un inventario de medicamentos que luego descubrí que, en algunos casos, eran insuficientes y, en otros, no eran necesarios. Por ejemplo, los medicamentos para la tiña se agotaron el primer día”.  

Ese primer año se fue con la ayuda económica que había recibido a través de un premio otorgado por la Fundación Mutua Madrileña de Ayudas a la Investigación y la Cooperación, de la colaboración de algunos laboratorios (IFC, Italfarmaco, Avene, Ducray y MEDA), de donaciones privadas de pacientes y de una iniciativa del IES Las Encinas de Villanueva de la Cañada, un instituto cercano a su consulta.

Malawi es el país con mayor prevalencia de sida en el mundo y con más huérfanos por esta enfermedad y es el segundo más pobre del planeta. Los niveles de nutrición y de atención sanitaria son muy bajos, lo que se traduce en una esperanza de vida de 45 años.

La desnutrición junto con el elevado número de personas con un sistema inmunológico deprimido por el sida, la falta de higiene por la dificultad de acceso al agua y el escaso acceso a la sanidad hacen que las enfermedades dermatológicas se multipliquen y adquieran dimensiones inesperadas en países como España.    

Sólo Lilongwe y Blantyre (capitales política y económica, respectivamente) tienen hospitales medianamente dotados. En las zonas rurales, hay pequeños dispensarios que no suelen contar con agua corriente ni electricidad y donde no hay médicos ni enfermeros. Están atendidos por clinical officers y clinical assistants, es decir, técnicos entrenados en algunas tareas sanitarias.

“Ese primer año me di cuenta de que en el proyecto debería haber un residente. Si yo, que soy una dermatóloga con experiencia, cada minuto aprendía, imagínate lo que podía suponer para un residente”, señala Galván, que se lo marcó como objetivo para el siguiente año.

En 2016, recibió un premio a Proyectos de Colaboración Nacional e Internacional del Colegio de Médicos de Madrid. Gracias a este, contó con la suficiente ayuda para llevar consigo a una enfermera que tenía experiencia en otros proyectos en África y a un residente que fue seleccionado después de un proceso “al que acudieron muchos otros y muy buenos”.

Como el primer año, pasaron allí tres semanas en las que iban de un dispensario de una zona rural a otro, aunque el lugar donde duermen es siempre el mismo: la misión que tiene en Benga la Comunidad Misionera San Pablo Apóstol. “Me levanto a las cinco de la mañana y, como hago en Madrid, me voy a correr. Preparamos el equipaje con el material y los medicamentos para la jornada, nos trasladamos a donde corresponda y a las 8 empezamos nuestra tarea, según los horarios que nos marcan allí los técnicos sanitarios con los que trabajamos siempre en equipo. A las 13 horas paramos 15 minutos y seguimos trabajando hasta que la luz se va. Al no haber electricidad, la luz nos limita el tiempo”.

Las limitaciones por la falta de luz o agua son constantes. Sin embargo, en los dos últimos años se han ido adaptando e incorporando material para trabajar mejor. “Desde un generador a un cargador específico para trabajar con un microscopio o maletas rígidas y con ruedas -como las que se utilizan para guardar herramientas- para transportar el material y la medicación. Son cosas que nos han ayudado mucho”, explica esta dermatóloga.

El segundo año ni faltaron ni sobraron medicamentos, algo muy importante “porque no se puede dejar basura y el envío de paquetes es muy caro”. Pero lo que sí se repitió ese año fueron las grandes colas de personas en los dispensarios. “A la seis de la mañana ya había gente y cuando cerrábamos, también”. Atendieron a 800 personas.

La atención a pacientes es diaria, sólo interrumpida los domingos en los que la rutina allí es ir a unas misas muy largas donde se canta y se baila. “El primer año yo permanecía en silencio y todo el mundo me miraba raro. Desde que decidí bailar lo que sé, flamenco, todo el mundo me acepta como a una más”.       

La mayoría de las enfermedades que tratan son comunes y, en un país desarrollado, no generarían grandes problemas. Sin embargo, en estos países al no recibir asistencia médica ni tratamiento, se extienden y se agravan mucho.  

“Todos los años hemos tenido casos agudos. Recuerdo el primer año, la última semana de mi estancia, que trajeron a la consulta a un niño de dos meses con fiebre y disnea [dificultad para respirar]. Su cuerpo estaba en carne viva, supurando pus. Su madre llevaba horas esperando en la cola. Cuando vi al niño me lo llevé corriendo a la zona que el centro sanitario tiene destinado a ingresos de menores. Allí le pusimos una vía intravenosa y le administramos medicamentos frente a bacterias, virus y para el shock, no sabía lo que tenía ni nunca lo llegué a averiguar, pero los medicamentos que le administramos le salvaron la vida. Al año siguiente, volvió a la consulta y le pudimos dar un beso. Estaba bien”, recuerda Galván.

En 2017 --gracias a la ayuda otorgada por la AEDV y los Laboratorios Viñas-- el proyecto ha podido ser más ambicioso: “además de la estancia que hemos realizado en agosto, haremos otra en marzo. Se trata de dar una ayuda más permanente. Este verano fuimos un residente de dermatología (R4), Marc Corbacho, una estudiante de quinto de Medicina, Paula Ruiz, y yo. Y el próximo mes de marzo irán otros dos dermatólogos y un residente. Yo sólo estaré con ellos la primera semana para orientarles”. 

De momento, en este tercer año, han sido atendidos 1.100 pacientes durante la estancia realizada en agosto. “Lo que más nos ha llamado la atención es una epidemia de sarna y 11 casos nuevos de lepra, que es una salvajada según las estadísticas mundiales. Además, nuestra idea de estar en tres hospitales tuvimos que cambiarla para visitar otro más, ya que un jefe de un poblado nos pidió acudir a su pueblo porque había 40 pacientes esperándonos. Cuando nos trasladamos hasta allí, vimos que en realidad había 400 personas que llevaban varios días sin comer porque estaban haciendo cola en el hospital para ser atendidas por nosotros”.

La ayuda de este proyecto no se da sólo de forma presencial, sino que a lo largo del año la teledermatología permite diagnosticar y tratar otros muchos casos.

“Estamos allí tres semanas, o seis como este año, pero seguimos recibiendo casos que nos envían los técnicos locales, a los que hemos enseñado a cumplimentar una historia clínica que nos envían junto con fotos. Es una forma de dar una atención más continuada”.

Y, gracias al seguimiento remoto, diagnosticaron hace un año a una niña de 12 meses con un tumor enorme, que le iba de la oreja hasta la cintura. “Tenía desplazada la vía respiratoria, uno de los pulmones colapsado, los órganos abdominales desviados, por todo esto su vida estaba en peligro”, asegura.

Cristina Galván pudo llevar a cabo las gestiones necesarias para que esta niña fuera operada en España. Tras cinco operaciones, se eliminó gran parte del tumor (un linfangioma) que, aunque era benigno, estaba poniendo en riesgo su vida por el enorme tamaño que había adquirido. “Regresó a Malawi y, ante mi empeño, la escolarizaron con 24 meses, un año antes que al resto de los otros niños. Si van al colegio, los niños tienen aseguradas tres comidas y un baño cada día. Este agosto la pude ver, estaba feliz y sana”.

Sin embargo, como muchos otros casos africanos, esta historia no tiene final feliz. A pesar de su recuperación y buen estado general, la pequeña falleció el pasado mes de septiembre víctima de la malaria, una enfermedad que se cobra la vida de un niño cada dos minutos, la mayoría en África y que cada año deja más de 700.000 muertes.

También es incierto el futuro de este proyecto que se realiza a través de la Fundación Emalaikat. “Durante estos tres años, se ha podido llevar a cabo esta estancia y aportación de medicamentos gracias a la ayuda de algunos laboratorios, donaciones particulares y becas como la de la AEDV. Sin embargo, este año no cuento con nada más que las aportaciones de algunas personas, que no son suficientes”, señala Cristina Galván.

Las labores de atención clínica, formación a técnicos y familias y colaboración con personal sanitario están pendientes de unos recursos que se agotarán en marzo.   

 

Datos del país

En Malawi viven poco más de 17 millones de personas.

La expectativa de vida al nacer es de 56 años.

Las principales causas de mortalidad en niños menores de cinco años son la malaria, infecciones respiratorias agudas, VIH/sida, prematuridad y asfixia al nacer. Las heridas y otro tipo de infecciones también son otras causas frecuentes de fallecimiento.

Unos 400.000 niños menores de 15 años han quedado huérfanos debido al VIH/sida. 

La pobreza crónica, un sistema de salud debilitado, la gran carga del VIH/sida y la dependencia de un solo cultivo son los principales factores de la crisis humanitaria en el país. 

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