Mente Sana

La piel del espíritu

Miguel Aizpún Ponzán
Dermatólogo
207
Jueves 31 de Marzo del 2016

Resulta frecuente escuchar a los dermatólogos veteranos la confesión de que, a medida que, con los años de experiencia profesional, iban perfeccionando sus diagnósticos clínicos, paralelamente profundizaban también en el descubrimiento psicológico de sus pacientes. Y es que pocas especialidades médicas muestran unas imbricaciones psicológicas tan evidentes como la dermatología. Una disciplina que, además de atender la salud de la piel física, también procura aliviar la del espíritu.

La relación entre los trastornos psicológicos y mentales es, en algunos casos, tan estrecha que exige ampliar el tratamiento estrictamente clínico y atender las simas del alma. En este ámbito, el dermatólogo puede prestar una ayuda muy beneficiosa para el paciente. Primero, mostrándose cercano y comprensivo con quien necesita ser escuchado. Y segundo, y más importante, aprovechar esta confianza para derivar al enfermo, cuando la gravedad del caso lo requiera, hacia otros especialistas capacitados para tratar este tipo de problemas.

Los dermatólogos debemos asumir un esfuerzo de adaptación a una sociedad cambiante que genera, día a día, nuevas agresiones y trastornos, tanto físicos como mentales. Si la explosión del consumo introdujo multitud de nuevos elementos y productos que incentivan alergias y afecciones, la dureza de la crisis económica está provocando el despertar de patologías mentales que tienen su plasmación a nivel físico.

Los dermatólogos debemos ser conscientes de que numerosos trastornos en la piel constituyen la expresión psicosomática de otros tantos miedos, angustias y frustraciones, que deben ser tenidos en cuenta a la hora del tratamiento.

Es necesario subrayar que la confianza  entre médico y paciente ha de cuidarse siempre. Este es uno de los valores que urge defender y, desde luego, reparar allí donde el exceso de confianza en la tecnología haya hecho olvidar al ser humano que es todo enfermo.

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