Prevención

Contra la pseudodermatología

Miguel Aizpún Ponzán
Dermatólogo
207
Míercoles 26 de Abril del 2017

A primera vista, debería parecer evidente que sólo la preparación científica y el esfuerzo investigador habrían de constituir un aval fiable para confiar en un tratamiento médico. 

Sin embargo, en la práctica, existen multitud de ofertas, supuestamente milagrosas, que, a pesar de carecer del respaldo científico adecuado, logran atraer a un considerable número de pacientes.

Por ello, resulta muy oportuna la decisión de la Organización Médica Colegial de crear un observatorio contra las pseudociencias, cuyas ramificaciones van desde el crudo intrusismo profesional hasta una variada gama de ofertas sin base científica alguna, en las que se combina la audacia de sus promotores con la ingenuidad de quienes las aceptan.

La especialidad dermatológica, como cualquier especialidad médica, está avalada por largos años de estudio y de práctica hospitalaria. 

Esta cualificación supone una garantía fiable frente a la endeblez de algunos tratamientos mal llamados “alternativos”. 

Porque, frente a la cualificación científica, no existe otra alternativa que un conocimiento similar o superior.  No puede ponerse en un mismo plano (que es la cualidad esencial de la alternativa) una licenciatura en Medicina y la superación del MIR con los conocimientos adquiridos por la vía rápida en un cursillo o con habilidades únicamente reconocidas por quienes alardean de ellas. 

No se trata, pues, de dermatología alternativa sino de un fraude, alentado por la audacia o la codicia de quienes ofrecen soluciones milagrosas para curar o embellecer la piel.

Este intrusismo profesional sufrido por la especialidad dermatológica viene de antiguo.  Sin embargo, es muy probable que la crisis económica le haya otorgado un nuevo impulso. 

En la práctica, se trata de una pseudomedicina concebida como fórmula de negocio, que nunca puede considerarse como alternativa a la noble vocación de aliviar el sufrimiento de un semejante. 

Esta frontera ética, unida a las deficiencias en la formación científica, justifica la rotunda condena a la pseudodermatología.

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